La historia de una mujer Zeta en Veracruz.

Una madre narra su historia de lo que fue su vida después de pertenecer al cartel de Los Zetas realizando labores de halconeo y que ahora la ha marcado para siempre.

Veracruz.- Ella Vive en un cuarto de seis por tres metros donde caben la estufa, sala, baño, dos camas, dos imágenes de la Santa Muerte y el miedo a que los zetas la encuentren.

“Trabajamos para ellos”, dice por fin, después de varios minutos de silencio, como si las palabras se colaran por un hueco de la pared.

Su mirada está extraviada, su voz es pausada, como si se fuera agarrando de las esquinas de este pequeño cuarto que ella llama presuntuosamente su casa.

Tiene una sola puerta y desde que entras puedes ver todo, el piso de cemento sin repellar, una estufa vieja y blanca, un tocador lleno de juguetes, un ropero descubierto, un juguetero de princesas, el baño que por puerta tiene una cortina roja, dos camas llenas de cobijas, dos sillones verde pistache con forro de plástico, vasos y botellas de refresco, aguardiente que llama caña.

Te ofrece refresco de manzana, una niña de dos años y medio con la cara sucia -luego sabrás que es su hija- dice manzana con caña.

Ella ríe por primera vez. “Tú sí sabes”, dice, y sonríe por tercera vez, la última que la verás hacerlo.

En la parte lateral de los ojos se le juntan las arrugas de una vejez prematura, se acuclilla por el frío que entra al cuarto-casa, porque la resaca de dos días de borrachera intermitente le empieza a calar los huesos.

A lo mejor por eso habla, no lo sabes, ella tampoco…

Todo empezó hace unos meses cuando un hijo de su padrastro desapareció en el puerto de Veracruz y él les dijo a las dos -a ella y su hermana- que se metieran a la organización para ver si averiguaban algo.

Sonríe amarga. “No veriguamos nada”. Toma un vaso con cerveza oscura. Ves cómo el líquido baja por su garganta. Dos adolescentes entran y salen constantemente a la habitación, te miran, te medio sonríen, le hablan a su mamá, que no es ella, sino la hermana.

Volteas, entonces te das cuenta que detrás de ustedes está una mujer tirada en la cama, cubierta por las cobijas.

Fue ella quien entró primero al grupo ayudada por un hombre que ella llama “El Difunto” y hace cuatro meses todavía era su novio, todavía estaba vivo.

Poco después ingresó ella; su trabajo era simple: vigilar a los soldados.

Al principio deambulaban por la ciudad en el coche de “El difunto” para avisar dónde se veían militares, dónde estaban los operativos, luego trabajaba en grupos.

A veces iba sola, a veces dos muchachas y un adolescente.La primer zona que le dieron para cuidar fue la avenida Miguel Alemán, luego la avenida Orizaba,Ruiz Cortines, lo último fue el parque Juárez donde la rotaban para que en ocasiones vigilara por la mañana y otras por las noches, aunque lo mejor eran las avenidas porque ahí iba un día sí y otro no.

Lo único que hacían era vigilar y cuando veían a los soldados llamaban a “El Difunto” en teléfonos públicos con las monedas que le daban.

Las paredes del cuarto están negras de humedad, piensas que las dos imágenes de la Santa Muerte no van con los cuadros de flores que cuelgan de una de las paredes del baño, con el pedazo de cartón clavado con corcholatas con el que agarraron la cortina que funciona como puerta. Miras el trastero donde entre los platos sólo se ve un envase de tetrapack porque, imaginas,ahora no alcanza para leche-leche.

Ella dice que nunca vio muertos como su hermana, cómo los mataban; sin embargo de todos modos “era un trabajo feo… pero pagaban bien”.

4 mil pesos quincenales, una cantidad que para gente que como ella no tiene estudios parece inalcanzable. 8 mil pesos mensuales.

Por un tiempo todo iba bien, incluso dejó a su anterior pareja, de la que tuvo un hijo, para irse con “El Difunto”. De él es el tercero de sus hijos, la niña que ahora tiene dos años y medio.

Todo iba bien pero sólo fue por un tiempo, hasta que los militares agarraron a “El Difunto”. Ella no sabe qué le hicieron o no se atreve a decirlo, sospechas que es lo segundo. Él estuvo en el hospital cerca de un mes.

Pidió permiso a la organización para ir a cuidarlo: “estuve con él hasta final”, dice con voz más lenta, como si las palabras ya no sirvieran para decir lo que quiere.

Fue por esos días que alguien dijo que “El Difunto” estaba en el hospital porque dio los nombres de los mandos a los militares cuando lo atraparon.

“El Difunto” estuvo cerca de un mes en el hospital, después murió, después ella se salió de la organización.

“Lo que pasa es que yo nunca me involucré mucho, sólo estaba con él, cuando los militares se llevaron a los mandos, mandaron a otros, pero esos no me conocían, por eso me pude salir, no como a otras, que cuando te sales o te portas mal te castigan”.

Hace cuatro meses ella trabajaba para los zetas, hoy es madre soltera de tres hijos, sin trabajo, sin ganas de hacer nada, sólo de estar aquí, encerrada en un cuarto de seis por tres metros.

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Noticias de Mexico publicadas por el 16 de Jan, 2012 a las 6:10 am •
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