La Policiaca – La Nota Roja De Mexico

“Lo único que le pedía era que me quisiera un poquito más”

Tepic, Nayarit.- En octubre del 2016, Ricardo González Serrano y su esposa Imelda Hernández González sobrevivieron a un atentado en el municipio de Xalisco. En los siguientes meses varias ocasiones asistieron como víctimas a las salas de juicio oral en Tepic, por el proceso que se siguió al atacante. La última de ellas fue el 26 de enero y se sentaban al lado de los agentes del Ministerio Público.

Dos meses después Imelda regresó a una sala oral, pero ahora ocupando una silla al lado de un defensor público. Su esposo había sido asesinado y ella confesó que planeó su muerte; dijo que dejó abiertas las puertas de su casa, en Xalisco, para que la madrugada del 22 de marzo ingresaran al menos dos sujetos que cumplieron la tarea: eliminar a Ricardo.

De complexión delgada, el rostro demacrado, la mujer de unos 35 años aceptó someterse a un procedimiento abreviado en la causa penal 612/2017 y el pasado viernes fue condenada a 18 años de prisión, al ser encontrada responsable de coautoría en el delito de homicidio calificado.

Pero el expediente seguirá abierto puesto que en los hechos están involucrados al menos otras cuatro personas: quienes la ayudaron a planear y materialmente ejecutaron a Ricardo.

Se deduce que parte del acuerdo con la Fiscalía General del Estado para recibir esa sentencia –por debajo de la mínima que es de 20 años- es que narrara su versión durante la audiencia que encabezó el juez Rodrigo Benítez Pérez, y a la que asistió el papá del ahora occiso.

Imelda fue lágrimas y más lágrimas.

“Lo único que le pedía era que me quisiera un poquito más. Yo lo quería más que a mis hijos, todo lo hacía por él. Tuve que ir al psiquiatra porque ya no aguantaba más. Me decía que si estaba loca ya me hubiera colgado. Por eso fue todo esto, acepto mi culpa”, dijo Imelda.

La pareja tuvo dos hijos, de 13 y seis años, durante los 14 años de matrimonio en que, añadió, sufrió “humillaciones y golpes”.

“Yo vivía una violencia física y moral”, y el maltrato aumentó a partir del atentado de octubre.

Explicó que en febrero pasado, una conocida suya le sugirió terminar con la vida del responsable del atentado, que ella podía conseguir gente para ello, pero Imelda mencionó un nombre: al que debía matar era a Ricardo.

Y pronto le avisaron el precio: 400 mil pesos y un automóvil Jetta modelo 2017. Ella no aceptó lo del carro, porque está a su nombre y se sigue pagando.

La idea fue madurando, pero faltaba el dinero, hasta que el 21 de marzo vendió una camioneta en 265 mil pesos y, con unos ahorros, completaron los 300 mil y ella los guardó dentro de un maletín en el clóset de su recámara.

Esa noche se comunicó con su contacto, por mensajes de celular. Ricardo llegó a su casa después de las nueve de la noche y se dispuso a cenar. Le avisó que al día siguiente saldría y ella le preparó una maleta. Le pidió una pastilla de las que ella toma para tranquilizarse y hasta unas gotas para relajar; alrededor de las una de la madrugada finalmente se durmió.

Imelda dio el aviso: los matones ya podían entrar. Para entonces había dejado abierta la puerta que da a la calle, la de ingresar a la casa y la de su recámara.

Pero las cosas no salieron como ella quería: que se lo llevaran y lo mataran en otra parte. Ricardo se resistió, gritó, intentó defenderse.

Ella se había ido al cuarto con sus hijos y el mayor de ellos la animó para que salieran de la casa y se pusieran a salvo. Afuera escucharon un disparo; después, que los maleantes se iban en el Jetta.

Momentos después la señora y sus hijos regresaron a la casa. Ahí vieron el cuerpo sin vida.

“Yo quería que se lo llevaran. A mí nunca me tuvo compasión de nada. Yo no quería que sufriera”, relató la mujer.

Su suegro la escuchaba a unos cuatro metros de distancia. Y entre el público, otros familiares de Ricardo.

Esa madrugada uno de los maleantes le marcó por teléfono y le exigió que en ese momento saliera de la casa y tirara el celular. Manejó otro vehículo y se llevó a sus hijos en busca de unos familiares hasta que ya no recordó más. Estaba en shock. Al día siguiente despertó en la Cruz Roja.

Según lo ventilado en la audiencia, Imelda aseguró que su contacto le dijo que los matones no se llevaron el dinero, pero lo cierto es que desapareció. El automóvil Jetta fue localizado un día después.

Imelda se quedó con las cenizas de Ricardo. Conforme pasaron los días, la investigación fue apuntando a ella hasta que no hubo duda: se ventilaron una serie de números de celular y una gran cantidad de mensajes y llamadas efectuadas horas antes y después de los hechos de varios de los involucrados.

A Imelda se le giró una orden de aprehensión.

Cuando el juez Rodrigo Benítez le explicaba lo referente al procedimiento abreviado –que ella conoce, puesto que el agresor de octubre se sometió al mismo-, le respondía como si fuera un robot: “sí su señoría, sí su señoría”…

Pensativa, parecía estar ausente y por momentos no metía las manos cuando las lágrimas resbalaban por su cara.

La pena es de 18 años más una multa equivalente a 50 días de salario y reparación del daño por 200 mil pesos.

Por Oscar Verdín Camacho

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